Empezó en 2022, en un grupo de Telegram donde lectores hispanos compartían capítulos de novelas coreanas y chinas traducidos por aficionados. Eran buenos. Eran un milagro. Y nadie cobraba — ni los lectores, ni los traductores, ni los autores.
El problema no era moral. Era estructural. Los grandes catálogos asiáticos (Kakao, Naver, Qidian, Syosetu) no licenciaban a hispanohablantes porque el mercado se veía pequeño. Los traductores aficionados llenaban el vacío con cariño, pero sin contratos. Y los autores —que es lo único que importa— no veían un peso de lo que escribían.
Decidimos construir un puente. Pequeño, no muy elegante, pero legal. Hablar uno por uno con autores. Pagar regalías reales. Traducir con cuidado, no con prisa. Cobrar lo justo a los lectores, no más, no menos. Y aceptar que íbamos a ser pequeños mucho tiempo.
Hoy somos seis personas en cuatro ciudades, con siete autores en el catálogo y unas tres mil personas en la lista de espera. No es mucho. Pero es nuestro, y es legítimo, y es el principio de algo.